Los norteamericanos habían recibido ya muchos indicios de que venían los japoneses, no solo por sus aviones de observación, también al rada. A las 8.41, mientras los cazas japoneses se batían con la escuadrilla del Enterprise, el crucero Northampton detectó la llegada del enemigo a unos 100 km de distancia en dirección 295º. Convencido de que los radares de los portaaviones también habrían “visto” lo que sucedía, el Northampton se limitó a emitir señales de banderas y a mantener el rumbo. Formaba parte de la escolta del Hornet.
El Northampton entrando en Pearl Harbor el 8 de diciembre de 1941. Al fondo se pueden ver los incendios del ataque japonés del día anterior.
El gran portaaviones estaba bien defendido. A su misma altura, a babor,
navegaba el Pensacola, y a estribor el ya citado Northampton. Más hacia popa
los seguían el San Diego (babor) y el Juneau (estribor), dos cruceros ligeros
especialmente equipados para la defensa antiaérea; y los destructores se habían
dividido en dos grupos de tres: el Morris, Mostin y Hughes delante y el Barton,
Russel y Anderton detrás. Así, el gran portaaviones navegaba en medio de un
círculo de buques erizados de cañones antiaéreos. Esto, junto con sus propios
cazas, debía de ser más que suficiente.
Hay algunos problemas para especificar el momento preciso en que los japoneses hicieron despegar su segundo grupo de ataque, en parte debido a que durante el bombardeo del Zuhio el personal de apoyo había arrojado bombas y torpedos por la borda, a fin de evitar una nueva catástrofe como la de Midway. Lo que sí podemos afirmar es que a las 8.10 horas el Shokaku había lanzado varios Zero (entre ocho y cinco, según las fuentes) y una escuadrilla de bombarderos en picado Val (diecinueve o veinte aparatos). También que media hora después el Zuikaku lanzó catorce (puede que dieciséis) torpederos Kate escoltados por cuatro Zero, pero para entonces los aviones del Shokaku ya se habían marchado. También a esa hora, el Hornet aproaba al viento para lanzar su segunda oleada de ataque, con nueve SBD Dauntless, nueve TBF Avenger armados con bombas en vez de torpedos y ocho F4F Wildcat, de los que uno tuvo que volver casi de inmediato. Con ellos marchó el Avenger, desarmado, del capitán de fragata Rodee, para evaluar el ataque.
Un Zero embarcando, despegando del Akagi en la mañana del 7 de diciembre de 1941. Un año después, estos aparatos seguían siendo los reyes del aire.
Con las escuadrillas de ambas flotas dirigiéndose hacia el enemigo, era
inevitable que las unidades aéreas de ambos bandos se cruzaran. A las 8.40
horas, el teniente Saneyasu Hidaka, que comanda una escuadrilla de 9 Zero del
Zuhio integrada en el primer grupo de ataque nipón, vio como el cielo se llenaba
de puntitos. Eran los norteamericanos, y aunque su misión era escoltar a los
bombarderos y a los torpederos, el deseo de vengar a su herido portaaviones
pudo más que la prudencia e inició la maniobra de ataque.
Son las 6.58 horas del 26 de octubre de 1942. Apenas han pasado unos minutos desde que el Zuhio fue alcanzado en su cubierta de vuelo y obligado a retirarse de la batalla, cuando el oficial de complemento Ukita Tadaaki informa del avistamiento de un portaaviones escoltado por otros cinco barcos; y poco después concreta indicando que es de la clase Saratoga y que va escoltado por otras quince naves. Se trata de un error, pues los norteamericanos no tienen ningún buque de esta clase en la zona, pero no se equivoca el japonés al especificar que el portaaviones se halla a 340 km, rumbo 125º de la 1.ª División de Portaaviones de Nagumo.
Magnífica foto en la que podemos ver el USS Saratoga y el USS Lexington, reconocibles por sus grandes islas. Ninguno de ellos estaba en Santa Cruz.
La noticia es de suma importancia pues en ese momento los japoneses
creían estar navegando hacia su enemigo, y en realidad lo estaban dejando al
sur, es decir, se estaban metiendo en una emboscada. Sin embargo, como en casi
todos los avistamientos y comunicaciones de esta batalla, algo no estaba bien.
El avión de Ukita es el número cuatro, pero se ha identificado como el número
uno, lo que hace que la ubicación que comunica resulte sospechosa, pues el
avión número uno tenía asignada otra zona de búsqueda. La cosa se complica
cuando, poco después, un avión del Zuikaku (el número cuatro era del Shokaku)
informa del avistamiento de un segundo portaaviones. Al final, los japoneses
van a cortar por lo sano y, ante el temor de que se produzca una nueva
catástrofe como la de Midway (la pesadilla personal de Nagumo), deciden dar por
buenos los informes recibidos y se aprestan para la batalla.
Entretanto, tras recibir el mensaje de los Dauntless que ubica a los portaviones en dirección 300º a entre 300 y 320 km, Kinkaid ordena virar con rumbo 330 y aumentar la velocidad a 27 nudos. Son las 7.08 horas y ambas flotas avanzan ya, decididamente, una hacia otra. Entre las 7.32 y las 7.43, tanto el USS Enterprise como el USS Hornet viran, aproan al viento y lanzan sus escuadrillas.
Preparando la ametralladora trasera de un Dauntless
Del primero, que tiene 20 Dauntless en misión de búsqueda y que ha perdido
varios aviones el día anterior, por lo que su grupo aéreo no es tan numeroso despegan:
3 SBD Dauntless de la escuadrilla Bombing 10 pero conducidos por pilotos de la escuadrilla Scouting 10 bajo el mando del alférez de fragata George Glen Estes.
8 TBF Avenger de la escuadrilla Torpedo 10 bajo el mando del capitán de corbeta Jack Collet.
8 F4F WIldcat de la escuadrilla Fighting 10 bajo el mando del también capitán de corbeta Jimmy Flatley.
y un 1 TBF Avenger desarmado pilotado por el capitán de fragata Gaines para evaluar el ataque.
Estos aviones debían, inicialmente, unirse a los que despegan del Hornet, pero los norteamericanos no tienen doctrina ni práctica alguna en fusionar en vuelo escuadrillas de diversos navíos, y al final se les dice que vuelen por su cuenta.
En la cabina de un Avenger. A efectos puramente anecdóticos, este piloto se llamaba George H. W. Bush, y probablemente no sabía que acabaría siendo presidente de los estados unidos.
En lo que al Hornet se refiere, su fuerza de ataque llevaba lista desde
el día anterior, por lo que no solo va a lanzar más aviones, sino que lo hace
en un tiempo récord. En total, del Hornet parten:
15 SBD Dauntless de las escuadrillas Bombing 8 y
Scouting 8 bajo el mando del capitán de corbeta William J. “Gus” Widhelm.
6 TBF Avenger de la escuadrilla Torpedo 6 bajo
el mando del teniente de navío Edwin B. “Iceberg” Parker.
Y 8 F4F Wildcat de la escuadrilla Fighting 72,
equipados con depósito de combustible suplementario, bajo el mando del capitán
de corbeta Henry Sanchez.
Los aviones del Hornet no solo no se unirán con los del Enterprise,
como hemos dicho ya, sino que van a dividirse a su vez en dos grupos. Los
bombarderos, escoltados por cuatro Wildcat, suben hacia las alturas, mientras
que los torpederos, escoltados por los otros cuatro, van a volar hacia el
enemigo a 240 m de altura.
Con sus fuerzas en vuelo, ambos portaaviones retoman el rumbo hacia el
enemigo mientras reúnen los aviones que les quedan a fin de lanzar una segunda
oleada.
Mientras la máquina aeronaval estadounidense se despliega, suceden
cosas extrañas a su alrededor. A las 7.15 horas el crucero Northampton había
informado de un contacto radar que ninguno de los portaaviones ha sido capaz de
obtener; y a las 7.37 el acorazado South Dakota indica haber interceptado
conversaciones de radio en japonés. Sin duda, el enemigo también está ahí
fuera.
Son las 6.12 horas de la mañana del 26 de octubre de 1942. No hace ni una hora que ha salido el sol, cuando un solitario avión del Shokaku, un Kate, el explorador número 4, sobrevuela la inmensidad de un océano que no está vacío. Finas líneas se dibujan sobre el mar, son las estelas de los grandes buques estadounidenses. El piloto, como para demostrar que no son solo los exploradores norteamericanos los que se extasían ante el descubrimiento de la escuadra enemiga, pierde tiempo sobrevolando y observando la formación enemiga en vez de informar de inmediato de lo que ha avistado, a 320 km al sudeste de donde navega la 1.ª División de Portaaviones.
Un SBD Dauntless lanzando su bomba sobre el objetivo. El nombre indica muy bien sus funciones: Scout-Bomber Diver. Explorador bombardero en picado.
Mientras, los Dauntless enviados por el USS Enterprise sobrevuelan un mar lleno de agrupaciones japonesas: la fuerza de Kondo, la vanguardia de Abe, la 1.ª División de Portaaviones de Nagumo. Son tantas que resulta improbable no toparse con alguna. A las 6.17 son divisados los de Abe, a las 6.45, aparecen los portaaviones de Nagumo. Los “descubridores” (otra vez) son los Dauntless pilotados por los capitanes de corbeta Lee y Johnson, que quince minutos antes se han cruzado con uno de los Kate de exploración japonés, que vuela en dirección contraria. Sería interesante meterse en la mente de los pilotos en ese momento: ¿ataco al enemigo o sigo adelante con mi misión? En el caso norteamericano, como hemos dicho, el éxito acude a la cita. También será así para el japonés.
El 26 de octubre ha de ser el día crucial. Ya sabemos que, a bordo del USS Hornet, todo un grupo de ataque aéreo se mantiene en cubierta, listo para atacar, desde el día anterior. Los japoneses han esperado un poco más, pero a las 4.00 horas de esa misma madrugada se ordena preparar los aviones para un ataque aeronaval. Sin duda soñolientos, técnicos y mecánicos se afanan en la oscuridad, apenas rota por unas linternas de luz roja.
Nakajima B5N «Kate» Torpedero y explorador
Entretanto, lo importante vuelve a ser, como siempre,
localizar al enemigo. Sin embargo, esta vez Nagumo espera que los
norteamericanos se hagan visibles, cerca de Guadalcanal, pues la noche anterior
su base ha sido objeto de un ataque brutal, a manos de los grandes cañones de
la flota. ¿Qué mejor blanco? No deja de ser paradójico que, tras haber
desarrollado una de las mejores flotas aeronavales del mundo, los nipones sigan
anclados en las viejas tradiciones de la guerra naval a cañonazos. Sus
almirantes consideran que los grandes buques que han bombardeado el aeródromo Henderson
deberían de ser un cebo ideal.
Es noche cerrada, y en los puentes de docenas de barcos, estadounidenses o japoneses, los marineros se preguntan que les traerá el nuevo día. ¿Muerte y destrucción? ¿Victoria? No cabe duda que la sensación reinante debe ser una mezcla de ansiedad, de deseo de combatir y derrotar al enemigo, pero también la inevitable certidumbre de que, en realidad, desearían estar en cualquier otro sitio con sus barcos. En este baile terrible, el primer susto será para los japoneses. El 26 de octubre solo tiene un minuto cuando los vigías de la Fuerza de Vanguardia del contralmirante Abe escuchan un zumbido en la oscuridad, se trata de otro de los omnipresentes Catalina, tan fáciles de derribar, de día, cuando es posible verlos.
El destructor Isokaze («Viento Ligero»), iba armado con seis piezas de 127 mm y ocho tubos lanzatorpedos de 610 mm
A bordo del “billete de ida sin retorno”, como lo llaman los
pilotos estadounidenses, el alférez de fragata George Clute espera que su
observador de radar defina los blancos que navegan frente a él. Son las 00.22
cuando radia el aviso: enemigo detectado a 7º14’ de latitud sur y 164º15’ de
longitud este, está a unos 480 km de la Task Force 61. Luego, cuando ya
son las 00.33, el avión cae para lanzar dos torpedos contra un “crucero” que
resulta ser el destructor Isokaze. Después, como ya ha sucedido en otras
ocasiones, el Catalina se aleja sin haber avisado del rumbo, de la velocidad y
de la fuerza del enemigo avistado. Tal vez el piloto ni tan siquiera observa como
el barco atacado tiene que hacer un giro cerrado para evitar el torpedo que a
punto está de abrirle el costado.
El fracaso del ataque de la escuadrilla del USS Enterprise durante la tarde del 25 de octubre se basaba en dos culpables fundamentales. Por un lado, el alto mando estadounidense, que había lanzado un raid demasiado tarde, sufrido terribles malentendidos en las órdenes y sobreentendidos en las comunicaciones, y cuyos pilotos se habían visto obligados a volver y aterrizar de noche sin haber logrado nada positivo, como explicamos en la entrada anterior.
El estilizado Shokaku, uno de los mejores portaaviones de la Flota Imperial
Sin embargo, toda batalla es un juego a dos bandos y los
japoneses también habían tenido algo que ver con este terrible resultado final.
Vamos a remontarnos al amanecer de aquel 25 de octubre, cuando un ordenanza
despertó al jefe de la 1.ª División de Portaaviones para informarle de que los
cazas de cobertura habían informado del derribo de un avión enemigo,
probablemente un explorador que podría haber comunicado a su base la presencia
del Shokaku y el Zuikaku, los dos últimos grandes portaaviones de flota
japoneses. De inmediato, y con la intención de “desorganizar al enemigo” el
vicealmirante al mando ordenó virar hacia el nordeste, a 20 nudos. ¿Por qué una
maniobra tan pusilánime?
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